Ramón Lobo

Vocación temprana e irrenunciable

En noviembre de 1964, varias decenas de ciudadanos europeos que habían sobrevivido a la toma de Stanleyville (hoy Kisangani) en el Congo Belga (hoy República Democrática del Congo) descendían de un Hércules C-130 en el que habían sido rescatados y trasladados a una zona segura del país. Muchos estaban malheridos y algunos, casi desfallecidos, bajaban a duras penas la escalinata del avión militar. Un periodista británico recién llegado, vestido con una pulcritud más propia de un club de campo que de un conflicto militar en África, esperó a que todos hubieran descendido, se colocó frente a ellos y preguntó en voz alta: “¿Hay aquí alguna mujer que haya sido violada y hable inglés?”.
     Esa pregunta tan desastrosamente antiperiodística dio título a las memorias de un legendario corresponsal de guerra, Edward Behr, un texto sin duda recomendable para quien esté ahora mismo leyendo estas páginas.
     Hay dos tipos de corresponsales de guerra: los que habrían estado en Stanleyville presenciando las masacres para poder contarlas y los que habrían esperado a salvo en un lugar cercano pero seguro y, sobre todo, confortable. Ramón Lobo es de los primeros.
     En cualquier ámbito de la información, y especialmente en la cobertura en zonas de guerra, hay muchos periodistas convencidos de que el acontecimiento más importante de cualquier historia es el hecho de que ellos han llegado y están allí para cubrirlo. Lo decía Tom Stoppard en Night and Day; comparen eso con lo que dice José Saramago de Ramón Lobo: “Tiene la superior cualidad de colocar cada palabra en su exacta medida expresiva, sin retórica ni deslizamientos sensacionalistas, al servicio de lo que ve, oye y siente”.
     Para ser buen periodista hay que ser honesto y atrevido, pero con el paso del tiempo he descubierto que los mejores en esta profesión tienen también en común una elevada proporción de mala leche. A juzgar por la presencia de este componente en el sujeto que nos ocupa, Ramón Lobo no es buen periodista, es buenísimo. Lobo mezcla un aspecto entrañable de joven Chanquete con la rapidez mental de quien puede destrozarte a golpe de sarcasmo. Dueño del byline más contundente del periodismo español (Ramón Lobo, ahí es nada), da la impresión de haberlo visto todo, en la profesión y en el mundo, y por eso es admirable que siempre quiera volver. Volver a Afganistán, a Iraq. A Kosovo, a Líbano, a Filipinas. Y sobre todo a África, a la peor parte de África, si es que hay alguna mejor que otra.
     Será por haber nacido en Venezuela, de madre británica y padre español, o será por haber vivido en varios continentes de niño y de no tan niño, o será quizá por haber querido siempre ser periodista, una vocación temprana e irrenunciable que personalmente envidio, porque la mía, como la de muchos, fue sobrevenida y circunstancial. Él lo contó en su blog: en su entrevista de trabajo para entrar en El País, cuando Luis Matías, que iba a ser su jefe, le preguntó: “¿Estás dispuesto a ir a Sarajevo?”, contestó: “Llevo quince años esperando a que alguien me haga esa pregunta”.
     Tengo la impresión de que haber viajado tanto y haber visto tanta miseria le permite compartimentar sus sentimientos y separar sus pasiones. Sólo así entiendo que pueda emocionarle tanto el último modelo del iPhone, como la perspectiva de volver a Ruanda. Y como sé que le gusta que hablen de él, aunque sea mal, diré que es egocéntrico, pero generoso, muy trabajador e inagotable contador de chistes; todas estas características están aderezadas con su simpática tendencia a ser soez, aunque con gracia. Dice un amigo común que hay una cualidad que le define mejor que ninguna: “Es pesado en el mejor sentido de la palabra”. La pesadez en este oficio está infravalorada porque Ramón lo ejerce de manera artesanal, y sólo un artesano es capaz de pelearse con una frase dos minutos antes del cierre para cerciorarse de que esa frase está escrita de la mejor manera que se merece el lector.

Javier del Pino

 
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